Era domingo por la mañana y dormía profundamente. La mejor canción de cuna le acompañaba desde la noche anterior: la lluvia. Sin embargo, un sonido muy fuerte le despertó de pronto, un trueno que parecía interminable. De inmediato, vinieron a su mente todos los recuerdos de aquella tarde a la que se parecía tanto esa fría mañana.
Esa tarde, todo salió de improviso gracias a la lluvia, que era tan fuerte que el primer sitio techado que encontrase iba a resultar ser el mejor refugio del mundo para él. Por suerte, el primer sitio que vio fue un café, ¿Qué mejor lugar que una cafetería para esperar a que termine la lluvia cuando estás en la calle? Apenas entró, el calor del café recién hecho calmó un poco su frío, y su aroma, provocó una sonrisa en su rostro como si flotara en una nube con fragancia a ese café, la medicina perfecta. Para completar la percepción de sus sentidos, lo primero que hizo al llegar fue ordenar una taza de esa preciada infusión. Sorbo a sorbo, iba aumentando su sonrisa y sus ganas de que siguiera lloviendo para seguir en el lugar.
Solo faltaba la vista, pero para él, ya parecía estar en el lugar perfecto. En ese momento, el sonido las barras metálicas que indicaban que alguien estaba entrando al lugar hizo que desviara su mirada hacia la puerta. Un paraguas roto, un abrigo empapado, y un cabello que cubría totalmente el rostro, fue lo que a primera vista le impidió verla, de nuevo, su vista volvió al maravilloso café que tanto había mejorado su tarde.
Poco rato después, el aroma a chocolate movió su mirada tal cual como un flautista a una serpiente encantada, ahí estaba ella, acompañada de una taza y deleitándose un delicioso brownie, que parecía haber cumplido la misma misión que su rico café. Su sonrisa iba aumentado a medida que comía cada trozo, y con cada respiro, sentía aquel aroma que convertía el peor de los disgustos en tranquilidad y alegría.
Sus sentidos estaban completos, no podía deja de mirar su rostro, no podía dejar de sentir la tranquilidad que ella transmitía. Al poco rato de observarla, tomó la decisión de hablarle, pero sabía que la posibilidad de ser “el molesto hombre de la mesa de al lado” era grande, aún así, decidió arriesgarse.
En el momento en que estaba acercándose para pronunciar la primera palabra, ella lo sorprendió al decirle “
En ocasiones hace falta un poco de lluvia para apreciar lo placentero que puede ser una cafetería, no le parece?”, aún y cuando continuaba sorprendido por aquellas palabras, fue capaz de responderle “
Es totalmente cierto, le parecería un atrevimiento si conversáramos un rato?”, a lo que ella le respondió “
Acaso existe café sin palabras?, adelante”.
Pasaron horas conversando, con cada sorbo y cada trozo, la conversación parecía hacerse más interesante, tanto así, que no notaron que la lluvia cesó. Aquella tarde, fue la única vez que la vio, a pesar de tener la forma de contactarla, nunca se atrevió, y ella tampoco. Continuaban llegando los recuerdos en esa mañana lluviosa, la percepción de sus sentidos parecía incompleta; en su mente solo pasaba la frase “
qué pasaría si la llamo?”. De repente, otro trueno hizo que saliera de ese recuerdo, tomó el teléfono, cuando ella atendió lo único que fue capaz de decir fue “
Acaso existe lluvia sin café?”.
Nunca se supo si fue la lluvia, ó el café, ó el brownie, lo cierto es que a partir de ese día no cesaron las llamadas, las palabras, ni la perfección en la percepción de sus sentidos, para ellos, todos los días representaban una tarde lluviosa acompañada de una taza café.